La crisis de los sondeos electorales: ¿La realidad ya no cabe en las encuestas? Y en caso contrario: ¿Por qué fallan los sondeos electorales?
Las recientes elecciones presidenciales de Colombia en 2026 han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para la industria demoscópica: ¿por qué los sondeos electorales parecen incapaces de predecir los resultados finales?. Mientras que la mayoría de las encuestadoras daban como ganador cómodo en primera vuelta a Iván Cepeda, los resultados oficiales mostraron un triunfo sorpresivo de Abelardo de la Espriella con un 43,7% frente al 40,9% de Cepeda. Este desfase no es un hecho aislado; se suma a fracasos similares en Estados Unidos, Ecuador, Chile y Bolivia, evidenciando una debilidad estructural en el instrumento de predicción. No se trata de que las empresas demoscópicas colombianas lo hagan peor o mejor que el resto: se trata de un fenómeno global del que ya hablamos en su momento con la victoria electoral de Donald Trump o con la tezanización del CIS. Pero volvemos a ello porque nos parece un fenómeno característico de nuestro tiempo. Y porque uno de nuestros Youtubers de cabecera, Lupago, ha sacado un vídeo reciente en el que trata del ejemplo colombiano en profundidad.
El fenómeno del «voto vergonzante» y la censura social
Los sesgos: De la metodología a la «cocina» electoral
- Sesgo de muestreo y selección: Muchas encuestas modernas sufren de exclusión digital o se concentran en zonas geográficas específicas. Por ejemplo, se critica que firmas de sondeos electorales colombianas como Invamer realizaron gran parte de sus encuestas en barrios populares, donde el petrismo es tradicionalmente fuerte, generando un sesgo de partida que «cocinaba» los datos a favor de una tendencia.
- Sesgo de no respuesta: Los votantes moderados o indecisos suelen ignorar las encuestas, mientras que los ciudadanos más radicalizados son más propensos a responder, alterando la representatividad de la muestra.
- Sesgo de no confianza: muchos de los encuestados no confían en las instituciones oficiales, por lo que no les proporcionan sus verdaderas intenciones por miedo a represalias o a que manipulen sus opiniones. Se trata de un fenómeno creciente, de ácratas que odian participar.
- La «cocina» electoral: Este término se refiere a los ajustes estadísticos y ponderaciones que hacen las empresas antes de publicar los datos. Si bien es una práctica técnica necesaria, puede introducir la línea editorial o ideológica de la encuestadora, convirtiendo un estudio técnico en una herramienta de propaganda.
Manipulación y falsas narrativas de fraude

¿En qué medida se equivocaron los sondeos?
- Subestimación masiva: Firmas tradicionales proyectaban a De la Espriella con apenas un 31,6% (o incluso menos del 25% según otras mediciones), lo que supone un «desfase» de más de 12 puntos porcentuales respecto al resultado final
- Sobreestimación del oficialismo: Casi todas las empresas daban a Cepeda como ganador seguro, llegando a atribuirle hasta un 44,6% de intención de voto, una cifra que nunca alcanzó en las urnas (40,3%)
- El caso AtlasIntel: Esta firma fue la única que detectó una competencia cerrada, situando a Cepeda con un 37,7% y a De la Espriella con un 36,3%. Aunque se acercó más a la paridad, tampoco logró prever que el abogado terminaría siete puntos por encima de su proyección.
- El colapso de la «tercera vía»: El error más grosero de las encuestadoras fue la medición de Paloma Valencia. Firmas como Guarumo le otorgaban hasta un 21,7% de intención de voto, e Invamer un 14%. La realidad fue un golpe seco: Valencia obtuvo apenas el 6,92%. Este fallo ignora el efecto del voto útil, donde los electores de derecha migraron masivamente hacia De la Espriella en los últimos días para asegurar el freno al petrismo.
- El fenómeno del «voto vergonzante»: En una sociedad altamente polarizada, muchos ciudadanos optaron por ocultar su verdadera intención. El miedo al rechazo social o la descalificación en entornos que imponen lo «políticamente correcto» llevó a los encuestados a mentir o dar respuestas socialmente deseables frente al encuestador, para luego votar de forma radicalmente distinta en el secreto del cubículo.
- Incapacidad para leer el silencio económico: Las encuestas no lograron captar el descontento de la clase media y los pequeños empresarios. Mientras el gobierno sacaba pecho por un crecimiento del 2,6% en 2025, la gente percibía un estancamiento real y una caída de la inversión extranjera, traduciendo ese «sufrimiento en silencio» en un voto de castigo que las encuestas no supieron vaticinar.

¿Cómo se podrían evitar estos errores en los sondeos electorales?
- Superar la exclusión digital: Las encuestas no deben limitarse únicamente a internet o teléfonos fijos, ya que esto excluye a sectores clave como los jóvenes o personas de bajos recursos o a la sobrerrepresentación de otros (desocupados)… Tampoco los horarios han de ser desestimados, pues en horario de trabajo muchas personas desestimarán la participación por encontrarse ocupadas. Se recomienda el uso de muestreos multimodales que combinen entrevistas presenciales, telefónicas y digitales.
- Equilibrio geográfico y socioeconómico: Es fundamental evitar concentrar las encuestas en zonas donde una tendencia política es tradicionalmente fuerte. Una muestra debe reflejar fielmente la diversidad del censo electoral.
- Técnicas de pregunta indirecta: Diseñar cuestionarios que permitan al encuestado expresar su preferencia sin sentirse juzgado, reduciendo el efecto de deseabilidad social.
- Garantizar el anonimato total: En entornos violentos o polarizados, asegurar al encuestado que su respuesta no será rastreada ayuda a obtener respuestas más veraces. Por ello, la utilización de entidades independientes para la captación de la información, prescindiendo de plataformas oficiales, significadas o públicas (que se asocian a los partidos gobernantes), permite asegurar que la información sera veraz.
- Uso de la post-estratificación: Este método estadístico permite ajustar los resultados después de la recolección de datos para compensar a los grupos que están subrrepresentados o que tienden a no responder.
- Publicación de datos brutos: Las empresas deben ser transparentes sobre cómo realizan las ponderaciones y qué criterios usan para excluir ciertas respuestas.
- Neutralidad en el diseño de preguntas: Se deben evitar las «preguntas sesgadas» (leading questions) que, por su carga emocional o redacción, condicionan la respuesta del ciudadano.
- Sondeos de seguimiento continuo (tracking): Realizar mediciones hasta el último momento legal permitido ayuda a detectar tendencias de aceleración o el crecimiento de candidatos que no estaban en el radar inicial, como ocurrió con Sergio Fajardo.
- Medición de la firmeza del voto: No basta con saber por quién votaría alguien; es crucial medir la intensidad de la opinión para determinar si ese apoyo es sólido o si el votante es propenso a cambiar hacia una opción de «voto útil» para frenar a otro candidato.
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