Premios y reconocimientos: cuando el galardón llega tarde, mal… y con intereses.
Hay una idea muy instalada —cómoda, digerible, casi infantil— según la cual los premios y reconocimientos son el máximo aval del talento, del mérito y del trabajo bien hecho. Como si una medalla, una estatuilla o un cheque con foto institucional pudieran certificar el valor real de una obra, de una carrera o de una aportación intelectual. O como si se premiara la excelencia, el trabajo duro y continuado… Es decir, que responden a objetivos claros y loables. Pero la realidad es bastante menos elegante.
Los premios no descubren talento. Llegan cuando el talento ya es evidente, cuando el riesgo ha desaparecido, puesto que se premian a figuras de moda o que han tenido ya notable éxito: cuando el mercado, el público o el tiempo han hecho su trabajo. Por eso los premios no interesan demasiado a quien crea de verdad. Llegan tarde. Siempre. Y suelen ser, en su mayoría, claramente injustos o una clara estrategia de ventas.
Tomemos el caso reciente —y muy comentado— del Premio Planeta concedido a Juan del Val. Más allá de gustos literarios, el episodio es ilustrativo, ya que el consenso es claro en que existen muchos escritores y obras en España con más mérito para haberlo obtenido. Pero no sólo ocurre con el Planeta. El premio no convierte al autor en mejor escritor, ni legitima una obra que ya contaba con visibilidad, ventas y presencia mediática por su participación en espacios televisivos. El Planeta no arriesga. Nunca lo ha hecho. Se limita a premiar lo que sus ejecutivos piensan que va a ser un éxito seguro, reconocible y comercial. Literatura sin sobresaltos, firmada por alguien que no necesita ni el dinero ni el escaparate. Marketing editorial en estado puro.
Y aquí está el núcleo del asunto: los premios no arriesgan. Premiar a quien ya ha demostrado algo no tiene coste. No incomoda. No genera conflicto. No abre caminos nuevos. Antes, cuando esos autores, científicos o creadores llamaban a puertas que se cerraban una tras otra, no había jurados, ni galas, ni aplausos. Entonces no interesaban. Y es cuando ellos necesitan ese espaldarazo.
Cuando son injustos o cuando persiguen objetivos espureos… son nocivos
Cuando se analiza el fenómeno social del premio despacio, vemos que es el autor quien presta prestigio al premio, no al contrario. Parasitan la fama de escritores, de científicos, de artistas reconocidos… para ganar ellos mismos prestigio. Un premio es válido y reconocible en tanto en cuanto grandes del sector lo han recibido. No tiene valor un premio que han recibido oscuros profesionales de gran nivel… sino aquel de relumbrón que viene a decirnos lo que ya todos sabemos. Se convierten entonces en un ejercicio de onanismo colectivo que adula al premiado y le refuerza en su posición de privilegio, a cambio de que éste le preste su nombre al premio recibido.
La historia de los premios y reconocimientos está llena de ausencias clamorosas. Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick o Orson Welles nunca ganaron un Óscar competitivo. Cuando la Academia decidió “reconocerlos”, lo hizo con premios honoríficos, esos elegantes premios de consolación que llegan cuando ya no sirven para nada. En ciencia ocurre lo mismo: Nikola Tesla murió sin un Nobel, Rosalind Franklin fue clave en el descubrimiento del ADN y jamás fue reconocida por el comité sueco, Stephen Hawking nunca recibió el Nobel porque su trabajo no encajaba bien en los criterios formales del premio. Demasiado disruptivo, demasiado incómodo. Los que realmente rompen con lo establecido o son declarados «parias» nunca van a recibir un premio. Precisamente por lo que hemos indicado antes: no otorgan fama al premio, más bien al contrario… se la restan. Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Raúl González, Paolo Maldini, Andrea Pirlo, Buffon o Ferenc Puskas jamás ganaron un balón de oro, por muy diversas razones, todas ellas alejadas de su rendimiento futbolístico impecable. Queen, Abba, Depeche Mode, The Who, Bob Marley o Jimi Hendrix nunca ganaron un Grammy competitivo. Solo conmemorativos y muchas veces cuando ya no existían. «Better Call Saul» no ganó nunca ningún Globo de Oro (6 nominaciones sin éxito).
Los premios no miden impacto real. Miden consenso interno, equilibrios políticos, intereses institucionales. Especialmente aquellos que dependen del Estado o de organismos públicos, donde el galardón se convierte en una herramienta blanda de alineamiento ideológico, cultural o territorial. No se premia al mejor, sino al más conveniente en ese momento. No puedo dejar de recordar a aquellos escritores varones que ganaron un premio literario sólo porque se presentaron al mismo bajo el seudónimo femenino de Carmen Mola (Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero)… en una época en la que, por motivos políticos, sólo se premiaban a mujeres.
Los premios están inevitablemente sesgados por la moda del momento. No premian lo mejor, sino lo que encaja mejor en el clima cultural, político o estético vigente en el instante exacto de la votación. Por ejemplo, el premio Nobel de la paz que se llevó el presidente Barack Obama, fenómeno social del momento que, durante su mandato presidencial, resultó ser bastante beligerante. La moda —por definición— es miope, cortoplacista y profundamente injusta con todo aquello que va por delante o por fuera del margen establecido. Los grandes genios rara vez coinciden con la tendencia dominante: suelen llegar antes, incomodar más y explicarse peor en titulares. Por eso quedan fuera. No porque sean menores, sino porque no son digeribles a tiempo.
A esto se suma otro problema menos confesable pero bien documentado: los mecanismos de otorgamiento. Jurados pequeños, endogámicos, con intereses cruzados, donde operan la compra directa o indirecta de voluntades, los favores debidos, los equilibrios entre corrientes y los pactos tácitos. Y, por supuesto, los clásicos sesgos de decisión de grupo que tanto hemos tratado en este blog: pensamiento gregario, miedo a discrepar, votaciones arrastradas por figuras dominantes, no aplicación de reglas básicas (décimo hombre) y decisiones tomadas más por consenso social que por criterio técnico. En muchos casos, además, hay una incapacitación objetiva del jurado: personas sin conocimiento profundo suficiente para evaluar obras complejas, disruptivas o técnicamente avanzadas, que acaban premiando lo que entienden, no lo que realmente destaca. El resultado es previsible: premios que fotografían una época, no la excelencia; galardones que consagran lo aceptable y dejan fuera lo incómodo; reconocimientos que, con el paso del tiempo, envejecen mal. No porque el talento desaparezca, sino porque la moda pasó… y el premio se quedó atrapado en ella. Ojo, es una crítica que yo mismo me aplicaría: sería tan mal jurado o juez como los demás, por muy consciente que sea de todo lo que he tratado hasta el momento. Son falibles como humanos que son.

Puro marketing
Además, no nos engañemos: muchos de los premios que se conceden son puro marketing sectorial. Sirven para mantener viva una industria, generar eventos, justificar presupuestos, alimentar titulares y sostener un ecosistema de jurados, fundaciones, asesores, ceremonias y patrocinadores. Un pequeño chiringuito perfectamente engrasado que da de comer a mucha gente. Y cuando algo da de comer a tanta gente, rara vez es neutral.
La compra de premios y de reconocimientos no es una teoría cospirativa, es una práctica conocida, asumida y, en algunos sectores, casi profesionalizada. El caso de Harvey Weinstein y los Óscar lo dejó al descubierto sin pudor: campañas agresivas, presiones a académicos, favores cruzados, cenas estratégicas y un uso obsceno del lobby para orientar votaciones. No se premiaba necesariamente la mejor película, sino la mejor campaña. El talento quedaba en segundo plano frente a la capacidad de influir en personas concretas con nombre y apellidos. A partir de ahí, el premio deja de ser un reconocimiento y se convierte en un producto de marketing más, una excusa para impulsar las ventas. No es casual que las casas de apuestas hayan encontrado un filón en los galardones culturales: cuando un premio es predecible, manipulable y responde a dinámicas internas más que a méritos objetivos, se vuelve apostable. Y cuando algo se puede apostar con cierta fiabilidad, suele ser porque alguien ya sabe cómo va a terminar.
Desde una perspectiva de mercado pequeño, como Canarias —o en cualquier otro territorio— esto es especialmente evidente por el carácter uniformizador de los premios. No porque seamos especialmente corruptos o influenciables aquí. Sino porque las personas tenemos un conocimiento limitado, muy egocentrista y muchas veces conservador del status quo, de las realidades que nos rodean, de las influencias, de las técnicas y del futuro… de cualquier arte, técnica u oficio. Es común al ser humano. Y a los canarios siempre les ha ido mejor cuando se han internacionalizado, porque brillan en el exterior por su capacidad y han innovado. Creo firmemente que el reconocimiento real no lo otorga un jurado, sino el mercado. Y como todo mercado, cuanto más libre y abierto a competencia, mejor. No hay nada más democrático, puesto que no se puede condicionar comportamiento agregado de miles de clientes de forma continuada si no existe un gran producto detrás. Ventas, recomendaciones, repetición, boca a boca. Datos. Hechos. Preferencias reales. Todo lo demás es relato.
Por eso los premios no nos interesan demasiado. Porque no crean valor, lo parasitan. Porque llegan cuando ya no hacen falta. Porque confunden notoriedad con mérito. Y porque, al final, el reconocimiento más democrático, más cruel y más honesto sigue siendo el mismo de siempre: que la gente elija tu trabajo, lo use, lo recomiende… y vuelva.
Los premios pasarán. El público decide todos los días. Sin gala. Sin jurado. Y sin pedir permiso.
En Eureka! estudiamos la realidad social y empresarial, trabajamos con herramientas de todo tipo para conocer nuestra realidad y la naturaleza humana. Contacta con nosotros sin compromiso y pídenos presupuesto. Estaremos encantados de colaborar con su empresa o institución, ayudándote a la luz las opiniones del mercado y a tomar decisiones sobre datos, no suposiciones.
Eureka! Marketing es un instituto de investigación de mercados y de estudios sociológicos. Prestamos atención al comportamiento social y a la evolución de nuestra sociedad, para comprenderla mejor.